2 Timoteo 3:14-17
Pbro. Raymundo Villanueva Mendiola
1. CREANDO CERTIDUMBRE
Pablo manda a Timoteo a que persista en lo que aprendió y se persuadió. La palabra persistir (meno en griego) quiere transmitir la idea de permanecer firme. Es como si alrededor hubiera una grande oposición en contra de la doctrina de la Palabra, y Pablo, como buen General, mandara al soldado Timoteo permanecer firme ante los embates enemigos, a no claudicar, y mantener la posición. Esta persistencia pedida a Timoteo es pedida con base en que él ha aprendido y se ha persuadido de esta verdad, pero también, que la ha aprendido del mismo Apóstol.
Timoteo “aprendió” la Palabra. Esto quiere decir, efectivamente que Timoteo aprendió de memoria porciones de las Escrituras. Pero la enseñanza que recibió no solo era repetitiva, sino vivencial. Por ello la palabra “aprender” (manthano en gr.) hace referencia a el aprendizaje que ocurre cuando aprendes de la experiencia y reflexionas acerca de lo aprendido. Timoteo aprendió viviendo las Escrituras. Al andar por el camino, al acostarse y al levantarse, al entrar y salir de su casa, (Deut. 6). La enseñanza que recibió no era solo intelectual, sino vívida y existencial. En cada momento de su vida él podía ver que todo estaba ordenado según los mandatos del Señor. Su vida entera estaba ordenada de tal forma que él podía aprender los mandatos del Señor, las obras de Dios, porque ellas eran el pan de cada día. Sus padres, tutores o enseñadores, le instruyeron para que aprendiera a ver la gran obra de Dios en cada momento. Esto sucede a través del ejemplo, él veía la devoción y la entrega que sus mayores tenían hacia Dios. Veía que toda su existencia estaba enmarcada en el Pacto que Dios había hecho con su Pueblo. Su visión de vida, su manera de hablar de política, su manera de hablar de economía, su manera de criarlos, y de divertirse, todo ello apuntaba al señorío de Dios sobre la vida de Timoteo. Eso lo aprendió, pero aprender no es suficiente es necesario estar persuadido de aquello que se aprende.
Aprender sin persuadirnos de aquello que aprendemos puede hacer que repitamos patrones, pero todo ello podrá ser abandonado en cualquier momento. Por ello Pablo afirma que Timoteo no solo aprendió, sino que también se persuadió de aquello que ha aprendido. Persuadir en griego es “pistóo” y tiene en sí la idea de llegar a saber o creer algo con certeza profunda. Timoteo ha sido persuadido, es decir convencido profundamente de que lo que aprendió es la Verdad. Esa forma de ver las cosas, de interpretar su realidad, y de vivirla cada día, es la Verdad que él ha atesorado en su corazón y que firmemente la cree. Nada puede cambiar y mover su corazón, sino solamente la Verdad. Cuando el corzón es dirigido por la Verdad no hay manera alguna de moverlo en otra dirección. Por ello Pablo manda a Timoteo que permanezca firme en esa Verdad que ha recibido. Que persista aunque alrededor suyo haya muchos falsos maestros que quieren apartar al rebaño de la Verdad.
Nuestra Iglesia tiene la tarea de educar firmemente a sus miembros y a todos aquellos dispuestos a escuchar, en la Verdad que nos ha sido dada. Esta gran verdad tiene que ser no solo aprendida intelectualmente, o repetida mecánicamente por los jóvenes y niños, sino que también tiene que ser creída en lo más profundo del corazón. Si esta verdad sigue estando únicamente en nuestro cerebro pero no llega a nuestro corazón, entonces en realidad no la hemos aprendido ni nos hemos persuadido de ella. ¿Cuál es esta verdad?
2. PARA SALVACIÓN v. 15
Esta verdad es la que Pablo llama Sagradas Escrituras. Ellas son la verdad que nos llevan al Verdadero: a su Hijo Jesucristo (1 Juan 5:20). Son ellas las que apuntan, señalan y dirigen nuestras vidas hacia Jesucristo (Juan 5:39). Es a través de ellas que nosotros conocemos la Verdad. Ellas proveen las ideas centrales para dirigir nuestra existencia y movernos en este mundo de acuerdo a la voluntad de Dios. Pero ese es el punto siguiente. Por ahora permítanme explicar el versículo 15.
Pablo afirma que Timoteo ha sabido desde su niñez las Sagradas Escrituras. Timoteo había sido instruído, como ya lo hemos dicho, en la Verdad a través del vivir diario y la reflexión. Este conocimiento le fue dado por medio de su madre Eunice y su abuela Loida. Timoteo no solo escuchó las historias y las memorizó, sino que las vivió por medio de su madre y abuela. Ellas hicieron reales las historias que el Antiguo Testamento presentaba. Esas historias habitaban en sus corazones, y debían arraigarse también en el corazón de Timoteo, él necesitaba no solo escucharlas, sino verlas y vivirlas. Ver la misma fe que habitó en Abraham al esperar un hijo en su vejez, o la misma fe de Eva que esperó al que aplastaría el poder de la serpiente. Él necesitaba escuchar que los otros dioses no se comparaban con el gran Dios de Israel, tal y como Elías se burló de Baal. Él necesitaba ver en la vida de su madre y abuela el servicio que Abigaíl prestó a David escapando de sus enemigos. Escuchar las historias no es suficiente, saberlas implica un conocimiento vivencial. Desde la niñez él ha sabido quién es Dios y las grandes obras que Él ha realizado a favor de su Pueblo.
En este punto Pablo presenta el propósito principal de las Sagradas Escrituras del Antiguo Testamento: hacernos sabios para la salvación por la fe en Cristo Jesús. Pablo lo ha dejado muy claro. Las Escrituras son para producir fe salvadora en el corazón del hombre y mujer que las leen o escuchan. Conocerlas, saberlas, entenderlas es un primer paso, pero ser llevado a Cristo Jesús por medio de la fe es el propósito último. El fin no es aprender textos, doctrina o lecciones morales, sino ver a Cristo con los ojos de la fe. Descansar en la obra que él realizó a nuestro favor: murió y resucitó para que tú y yo fuésemos rescatados de nuestro pecado. De nuestra esclavitud al pecado. Así como él murió, nosotros morimos con él para ser resucitados con él. Y de esta forma su vida y su muerte son nuestras para empezar a vivir de acuerdo a su voluntad. Somos salvados de Satanás quien nos tenía esclavizados a sus obras perversas, de maldad e inmundicia, y puestos una vez más en libertad, para servir fielmente al Señor. Y somos salvados del mundo, que con su esquema y visión de vida, nos quiere envolver en su forma de actuar y vivir.
La única manera de empezar a traer a nuestros hijos la libertad que tanto deseamos para ellos no es a través de la educación pública, o de los altos grados de estudio. Ni siquiera de las oportunidades laborales que puedan tener, sino que en primer lugar, la manera de dar libertad, salvación a nuestros hijos, es llevándolos a Cristo Jesús.
Precisamente por eso es necesario que hoy entendamos que cuando damos a conocer a nuestros hijos las historias bíblicas, no debemos tratar de sacar ejemplos o lecciones morales de ellas. Más bien, debemos llevarlos a Jesucristo a través de esas historias. Podemos hablarles de ser buenos niños como lo fue Samuel que obedecía al sacerdote Elí, o quizá podemos explicarles cómo Samuel en su oficio profético prefiguró al Cristo que vendría a restaurar la casa de Israel. Debemos dirigir sus corazones y pensamientos directamente a Jesucristo, el cumplimiento de todo lo que está ahí para nosotros.
3. PARA TODA BUENA OBRA v. 16,17
Por último el apóstol Pablo remata toda duda a través de una exposición muy sucinta de el poder que tienen las Escrituras. Empieza diciéndonos que “toda la Escritura es inspirada por Dios”. Esta frase afirma su suprema autoridad por encima de todas las cosas. Ella ha sido dada por el mismo halito divino. La palabra griega “inspirado por Dios” es “theopneustos” y ella quiere decir que proviene del aliento de Dios. Esa Palabra escriturada proviene de Dios mismo. Él guió a los autores, con todas sus capacidades y talentos, historia personal y opiniones particulares para que pudieran escribir fielmente la revelación de Dios dada a ellos, que Cristo Jesús venía tal y como fue prometido. Este libro que tenemos aquí, el Antiguo como el Nuevo Testamento tienen autoridad porque provienen de Dios mismo. No provienen de las imaginaciones de los autores humanos, sino de un corazón, una mente y unas manos dirigidas milagrosamente por el Espíritu Santo. Por eso podemos confiar en ellas. Podemos descansar en ellas, pero sobre todo podemos moldear y dirigir nuestro pensamiento a través de ellas.
Estas Escrituras Sagradas “son útiles para enseñar, para redargüir, para corregir y para instruir en justicia, para prepararnos completamente para toda buena obra”. Cuando se nos dice que ella es útil para enseñar, se refiere a la instrucción necesaria para poder vivir en este mundo según la voluntad de Dios. La instrucción que dan las Escrituras nos ayudan a descubrir la voluntad de Dios en cada momento y actividad particular. Por ello el Dr. Ridderbos explica que “se refiere en modo especial a la tradición, incluyendo su interpretación y aplicación para el tiempo presente” (Pensamiento de Pablo, Pg. 625). La labor de la iglesia es enseñar al Pueblo de Dios cómo interpretar su realidad a partir de las Sagradas Escrituras, básicamente es enseñarles a discernir la voluntad de Dios para cada actividad y momento humanos.
Cuando dice que es útil para redargüir utiliza la palabra griega “elenjos” que quiere decir convencer. En el contexto se refiere a convencer del error, de la condición pecaminosa del ser humano. Y con ello poder discernir en este mundo lo que es según la voluntad de Dios y lo que es contrario a ella. Las Sagradas Escrituras nos muestran aquello que necesita ser puesto a los pies de Cristo Jesús, aquello que aún no ha sido puesto a su servicio. Por ello nos redarguye, nos convence de pecado, impulsándonos a someter la labor diaria a la voluntad del Señor.
También nos dice el bendito Apóstol que la Escritura es útil para corregir, esta palabra griega (epanórtosis) no se refiere solamente a un regaño, sino que tiene una idea muy interesante. Se refiere a restaurar algo a su condición original, o que le es propia. La Escritura no solo nos sirve para instruirnos sobre la voluntad de Dios, convenciéndonos del mal que estamos haciendo en nuestra actividad diaria, sino que también nos capacita para reformar y restaurar aquello que ha sido dañado por el pecado. Las Sagradas Escrituras, debido a su inspiración divina, nos capacitan para poder impulsar la transformación de aquello que el Señor nos ha dado y que por causa del pecado se ha corrompido, devaluándose y desviándose de su propósito principal: dar gloria a Dios.
Por ello el Apóstol refiere que las Escrituras son útiles para instruir en justicia. La palabra utilizada para instruir es “paideía” y se refiere a un entrenamiento que le ayuda a alcanzar una madurez completa. ¿En qué? En la justicia, la palabra griega utilizada es “dikaiosune” y se refiere tanto a la justicia que nos es imputada en Cristo, como a la nueva obediencia que debemos en toda la vida a Cristo Jesús. Sí, ella fortalece nuestra fe impulsándonos a servir a nuestro Señor Jesucristo en todo lo que hagamos. Las Escrituras son la escuela en la que aprendemos a servir al Señor en todo. Ahí aprendemos que debemos ser fieles aunque nos cueste la vida, el nombre o la familia.
CONCLUSIÓN
Pablo termina esta frase diciéndole a Timoteo que el propósito es que el hombre de Dios esté enteramente preparado para toda buena obra. El entrenamiento que recibimos en las Escrituras es el que nos capacita completamente para ofrecer delante de Dios aquello que realizamos cada día. Solo a través de la educación que recibimos conforme a la Palabra podemos realmente tomar nuestros oficios, nuestras labores diarias, y ofrecerlas delante de Dios como una buena obra. Solo así, siendo educados por la Palabra de Dios, los que laboran en el área médica, contable, magisterial, estudiantil, del entretenimiento, pueden ofrecer una actividad que le agrade al Señor. Sería necio pensar que cada acto de nuestra vida le agrada al Señor por el simple hecho de uno ser creyente, más bien, debemos conformar nuestras vidas a su Voluntad. Y esa voluntad formará nuestro criterio, nuestro pensamiento y nuestras acciones solo cuando somos educados por la Palabra de Dios. En esta Iglesia, tu iglesia, te vamos a educar conforme a la Palabra de Dios, porque ella es suficiente para formar todo nuestro criterio en cada parte de la vida.
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