Génesis 43
Pbro. Raymundo Villanueva Mendiola
Una visión de vida no es meramente un propósito por el cual vivir, una visión de vida establece nuestras prioridades, nos dice cómo interpretar todo lo que sucede a nuestro alrededor, y no solo eso, sino que nos permite vivir y actuar en este mundo. Cuando día a día vivimos de acuerdo a nuestra visión de vida estamos siendo consistentes. Pero hay ocasiones en las que, por una u otra razón, actuamos contrario a lo que decimos ser nuestra visión para vivir. Somos inconsistentes. Eso le ocurre a la gran mayoría de personas, y también a los que creen en Dios. No es extraño encontrar casos de creyentes que a veces dudan de Dios, o incluso quienes, aunque afirman que el matrimonio es para toda la vida, acaban divorciándose a los pocos años. Estamos llenos de inconsistencias, y Dios lo sabe, por eso hoy nos llevará a ver cómo unos santos hombres de la antigüedad aprendieron a vivir de acuerdo la visión de vida que el Señor les había revelado. Nuestra visión de vida se basa en el Dios omnipotente, el Dios que nos cuida, el Dios que tiene misericordia de nosotros.
1. EL
DIOS OMNIPOTENTE.
José
había vendido el trigo necesario a toda la familia de Israel (también llamado
Jacob), su padre, para que no murieran de hambre. Había acusado a sus hermanos
de espías y conservó a Simeón en la cárcel para que cuando volvieran trajeran a
su hermano menor, quien confirmaría que no eran espías. El tiempo pasó, y se
nos dice que el hambre era mucha en la tierra, no había siembra ni siega, no
había esperanza de tener sustento pronto. Por lo mismo, Israel le dice a sus
hijos que regresen a Egipto y compren más alimento. Judá, uno de sus hijos se
adelanta y le dice a su padre: “No podemos ir sin Benjamín, aquél varón fue muy
insistente al respecto, nos dijo que si no lo llevábamos, no veríamos más su
rostro”. Israel no quería dejar ir a Benjamín, de hecho acusó de manera velada
a sus hijos de tratar de deshacerse de él, ¿por qué le dijeron que tenían un
hermano menor? A lo que Judá contestó, “él preguntaba, ¿cómo íbamos a saber que
nos iba a decir que lo trajéramos la próxima vez que fuéramos? Judá insiste:
“Papá, deja que lo lleve, sino moriremos de hambre, nosotros, tú y nuestros
hijos, tres generaciones acabaran muertos. Yo respondo por él, si yo no lo
vuelvo a traer, seré para siempre el culpable delante de ti. Si no
discutiéramos tanto, ya hubiéramos ido y venido dos veces”. La exhortación de
Judá hizo ruido en el corazón de Israel, por lo que tomó la decisión de enviar
con sus hijos un presente al gobernador de Egipto, lo mejor de la tierra de Canaán,
bálsamo, miel, aromas y mirra, nueces y almendras. También les dijo que
llevaran el doble de dinero, para pagar lo que les habían devuelto y lo de esta
ocasión. “Tomad también a vuestro hermano, y levantaos, y volved a aquel varón”
(v. 13). Israel estaba renunciando a su hijo que más amaba, ¿Por qué? ¿Por el
hambre? ¿Por el temor a morir? Definitivamente algo de esto había, pero su
visión de vida fue la que prevaleció. Porque si recuerdas, en las historias
anteriores, por temor a morir Abraham casi permite que su esposa se acostara
con otro hombre. O Isaac, por temor a morir, obligó a su esposa a mentir,
diciendo que era su hermana en la tierra de los filisteos. El temor a morir,
como ya lo hemos dicho en otras ocasiones, nos esclaviza al pecado, pero
solamente cuando vencemos ese temor, podemos hacer la voluntad de Dios con
valentía. ¿Cómo venció Israel el temor a morir y a perder a su hijo? Por las
promesas de Dios, porque él conocía a su Dios (v 14): “Y el Dios Omnipotente os
dé misericordia delante de aquél varón, y os suelte al otro vuestro hermano, y
a este Benjamín. Y si he de ser privado de mis hijos, séalo”.
Aquí
Jacob, dejó de comportarse como Jacob, y empezó a vivir como Israel, el que
lucha con Dios y prevalece. En las Escrituras Jacob es llamado Israel cuando
pone su confianza en las promesas de Dios y vive de acuerdo a ellas. Israel
tiene un Dios sumamente poderoso, el Omnipotente. Ya anteriormente hablamos de
este nombre, en el capítulo 17 fue el nombre con el que Dios se reveló a
Abraham (abuelo de Israel): “Yo soy el Dios omnipotente, anda delante de mí y
se perfecto. Y pondré mi pacto entre mí y ti, y te multiplicaré en gran
manera”. El Dios omnipotente había prometido que un anciano de casi 100 años
tendría una gran descendencia. Esa descendencia empezaba a multiplicarse en
gran manera con Israel y sus hijos, pero ahora si enviaba a todos sus hijos a
Egipto, quizá los perdería. Pero Israel sabe que Dios hizo que su abuelo
Abraham tuviera un hijo de su esposa estéril, porque su Dios es el Dios
todopoderoso, el Dios que sostiene con su palabra todo lo que existe y que dio
origen al universo entero únicamente con decirlo. Este Dios omnipotente es
el Dios de Israel, y al enviar a Benjamín y a sus otros hijos, él está
renunciando a ser quien proteja y cuide su descendencia, y está colocando esa
carga en quien debe llevarla, en el Dios omnipotente. Y él sabe que si en dado
caso sus hijos ya no regresan a él, todo esto proviene de la voluntad del
Señor, que guía y sostiene sus pasos. Ese Dios todopoderoso que tuvo
misericordia de sus ancestros, es el mismo Dios que tendrá misericordia de sus
hijos y nietos. Porque ese Dios ha sido fiel a su promesa, y si prometió que la
descendencia de Abraham sería multiplicada en gran manera, de alguna manera él
cumplirá.
2. EL DIOS QUE NOS CUIDA
Los
hijos de Israel llegaron a Egipto, y cuando José los vio de lejos con Benjamín,
le dijo a su mayordomo que los llevara a su casa y preparara una res, ya que
comería con ellos al mediodía. En cuanto fueron llevados a la casa de José, se
extrañaron y de hecho tuvieron miedo, se angustiaron pensando que los iban a
acusar de robar el dinero que habían encontrado en sus sacos la primera vez que
fueron a Egipto. Creyeron que todo era una trampa y que les iban a hacer
esclavos. Uno podría pensar que quizá esto les recordaba la angustia que sintió
su hermano José al ser vendido como esclavo. Así que se acercaron al mayordomo
y le explicaron su situación (20-22): Nosotros, en serio, la primera vez
descendimos a comprar alimentos, y cuando íbamos de regreso nos detuvimos a
descansar, y al dar de comer a nuestros animales, ahí estaba el dinero de cada
uno, así que en esta ocasión lo volvimos a traer, y trajimos más dinero para
comprar lo que necesitamos hoy. No sabemos quién puso eso en nuestros costales.
La respuesta del mayordomo es la siguiente: “Paz a vosotros, no temáis; vuestro
Dios y el Dios de vuestro padre os dio el tesoro en vuestros costales; yo recibí
vuestro dinero”. Después de esto liberó a Simeón, les dio agua para beber y
lavarse, y dio de comer a sus asnos. Entre tanto los hijos de Israel preparaban
el presente que habían traído con ellos.
Lo
primero que vemos aquí es que la visión de vida de los hijos de Israel estaba
nublada, habían perdido de vista a Aquél que dirige y sostiene el destino de
los hombres. De hecho, podríamos decir que habían secularizado sus actos
cotidianos. Secularizar, es la actitud que tomamos cuando consciente o
inconscientemente actuamos como si Dios no tuviera nada que ver con aquello que
hacemos. Ellos tenían una actitud tan secularizada que solo atinaron a decir:
“no sabemos quién a puso el dinero en nuestros costales”. De esta forma ellos
se entregaron a una visión muy parecida a la de nuestros tiempos, todo se
adjudica al azar, la suerte, la buena fortuna, pero realmente no sabemos por
qué nos ocurren las cosas. Tristemente muchos cristianos se ven influidos por
esta forma de pensar y hablar. ¡Qué suerte tengo! Decimos, en lugar de afirmar
¡Qué bendición tan grande! Y así, contribuimos aún más al esparcimiento del
mito: Dios no gobierna los destinos de los hombres. Dios no está presente en
nuestro mundo.
En
segundo lugar leemos la respuesta del mayordomo egipcio, “vuestro Dios y el
Dios de vuestro padre, os dio el tesoro en vuestros costales”. Es muy
interesante que aunque ellos no sabían quién había puesto el dinero en sus
costales, el mayordomo egipcio sí lo sabía, y de hecho adjudicaba todo esto a
Dios. Pero ¿acaso el mayordomo no había recibido la instrucción de José para
poner el dinero en los costales de los hijos de Israel? Efectivamente. Dios usa
de los hombres y sus actividades para cuidar y sostener a sus hijos, para
guardarles de todo mal y sostenerles en medio del sufrimiento. El mayordomo
adjudica todo este asunto al Dios de los hebreos, quien los acompaña, guarda y
provee en sus múltiples necesidades, y todo esto por la mediación de hombres y
mujeres. El tomar la obra del hombre y dirigirla a sus propósitos es algo que
el Señor hace continuamente, lo ha hecho en el pasado, lo sigue haciendo hoy.
Así recordamos, por ejemplo, la provisión constante que hizo a Israel en el
desierto, donde por 40 años les alimentó con codornices, maná y agua de la
roca, de tal manera que nada le faltaba a sus hijos. O también cómo la viuda a
la que visitó el profeta tuvo suficientes tinajas de aceite para pagar su deuda
y aun mantenerse de las ventas de la misma. O también cómo nuestro Señor
Jesucristo alimentó a toda una multitud multiplicando los panes y los peces.
Esos son medios extraordinarios, que no ocurren cada día. Pero lo que sí ocurre
es que el Señor nos ha dado un empleo donde recibimos un sueldo para que
podamos compartir con aquellos que padecen necesidad. También las ofrendas y
recolectas que se hacen en la iglesia son para suplir las muchas necesidades de
los pobres de la iglesia. Y así, todos y cada uno de nosotros somos el
instrumento cotidiano del Señor para proveer a los que padecen necesidad, no
para adjudicarnos la gloria a nosotros mismos, sino para que anónimamente
podamos afirmar: “vuestro Dios y el Dios de vuestro padre, os dio el tesoro en
vuestros costales”.
3. EL DIOS DE MISERICORDIA
José
vino a su casa, y los hijos de Israel le entregaron el presente que le
trajeron, inclinándose ante él. José les preguntó cómo estaba su padre, si
vivía aun, a lo que ellos respondieron que sí, que estaba muy bien, y se
volvieron a inclinar ante él. José vio a su hermano Benjamín y les preguntó si
él era su hermano menor, y le bendijo diciendo: “Dios tenga misericordia de ti,
hijo mío”. José se conmovió tanto de ver a su hermano que por poco llora
delante de ellos, pero se contuvo, buscó donde llorar, y después de calmarse
lavó su rostro y salió otra vez, entonces comenzaron a comer. José se sentó en
su propia mesa con los egipcios, mientras que a los hebreos los sentó aparte.
José los hizo sentar en orden de edad. Ellos se quedaron extrañados, no sabían
qué pensar, ¿cómo podía saber el orden de nacimiento de cada uno y sentarlos
así? A su vez, José les compartía de la comida que estaba en su mesa, y en el
plato de Benjamín servía 5 veces más. Era costumbre en aquellos tiempos que al
primogénito se le servía mayor porción, no al menor. José estaba haciendo esto
a propósito con tal de saber si la actitud de sus hermanos había cambiado con
respecto al hijo consentido, si ya no lo trataban mal por ser el favorito.
Sorprendentemente se dio cuenta de que sus hermanos habían cambiado, porque
“bebieron y se alegraron con él”.
Israel
había orado al Señor diciendo “el Dios omnipotente os de misericordia delante
de aquél varón”. José a su vez, había dicho “Dios tenga misericordia de ti,
hijo mio”. Esto nos hace ser conscientes de algo muy importante: la
misericordia de Dios. Porque todos ellos merecían ser tratados de la peor
forma, merecían ser acusados de todos los crímenes habidos y por haber. Y sin
embargo, estaban sentados a la mesa del gobernador de Egipto, comiendo de los manjares
que comía él. Eran tratados con misericordia. José estaba renunciando a tomar
venganza contra ellos, y les extendía su mano amistosa para comer y beber
juntos, un símbolo de comunión y compañerismo profundo. ¿Cuántas veces el Señor
nos trata con su misericordia? Lamentaciones 3:23 nos dice “Grande es su
fidelidad; sus misericordias son nuevas cada mañana”. Cada mañana experimentamos
la bondad de Dios. O en el verso 22 dice: “Por la misericordia de Jehová no
hemos sido consumidos, porque nunca decayeron sus misericordias”. ¿Cuánta ha
sido la bondad de Dios hacia nosotros en medio de esta pandemia? Nunca
decayeron sus misericordias, más bien nso prolonga la vida, y nos da salud,
para mostrarnos que Él es fiel en todo lo que hace. También nuestro Señor nos
trata con misericordia, al no destruirnos por causa de nuestro pecado y
reconciliarnos consigo mismo por medio de su Hijo (Efesios 2:4-10): “Pero Dios,
que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando
nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo, y juntamente
con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con
Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de
su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús. Porque por gracia
sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no
por obras para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en
Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que
anduviésemos en ellas”.
CONCLUSIÓN
¿Cuál
es nuestra visión de vida? Quizá nuestra visión de vida es que Dios es débil, o
que incluso no existe, que la vida en sí misma no tiene significado, solamente
el que nosotros le podemos dar. O quizá creemos que sí hay Dios, pero que a él
no le interesa nada en la vida humana, que no debemos inmiscuir a Dios en
asuntos públicos, como la vida laboral, la política o la sociedad, en fin
secularizar la vida en su totalidad. Quizá crees que Dios es un tirano, un
dictador, dispuesto a destruir a todo aquél que se le opone, que no tiene
misericordia, sino que destruye sin piedad al ser humano. Pero hoy te presento
al verdadero Dios, el Dios todopoderoso que ha creado todo lo que existe, y que
sostiene y dirige su creación al propósito que él le ha marcado: Dar gloria al
Señor. Te presento al Dios que le interesan los asuntos humanos, y no solo eso,
sino que nos da a conocer su voluntad para vivir de acuerdo a ella en todo lo
que hagamos. Y por último te presento al Dios misericordioso, que sabe que
somos pecadores, que no somos perfectos, pero que está dispuesto a perdonarnos,
por medio de su Hijo Jesucristo. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que
ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquél que en él cree no se pierda
más tenga vida eterna” (Juan 3:16). Toda nuestra existencia, adquiere
significado por el encuentro con Jesucristo, el Hijo de Dios, en quien podemos
conocer plenamente al Dios Todopoderoso, lleno de misericordia.
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