El nacimiento de Jesucristo fue así: Estando desposada María su madre con José, antes que se juntasen, se halló que había concebido del Espíritu Santo. José su marido, como era justo, y no quería infamarla, quiso dejarla secretamente. Y pensando él en esto, he aquí un ángel del Señor le apareció en sueños y le dijo: José, hijo de David, no temas recibir a María tu mujer, porque lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es. Mateo 1:18-20
La Iglesia, la comunidad de los creyentes, desde su mero comienzo ha sostenido como verdad el dogma de la Encarnación del Hijo de Dios. Este asunto “teológico” o “doctrinal” es central para nuestra fe. Creerlo es vital, necesario para la salvación. Creer que el Hijo de Dios, Dios mismo se hizo hombre, es central para nuestra fe. ¿Por qué? La respuesta la daremos hoy a través de una exposición de esta maravillosa doctrina, que nos remite siglos, milenios atrás, cuando los santos padres hicieron grandes discusiones y tratados, para poder defender, de sus detractores, esta santa doctrina que el Señor nos legó. Procedamos pues a conocer lo que históricamente se ha entendido por este misterio tan glorioso de la Encarnación del Hijo de Dios, y que nos permite poder decir que Cristo no solo es el Señor de la Historia, también es el Señor en la Historia.
LA ENCARNACIÓN DESCRITA EN MATEO.
El texto comienza diciéndonos que María y José estaban desposados, esto era una costumbre de la época en que nació el Señor, donde los contrayentes realizaban un pacto que los preparaba para el matrimonio y que duraba un año hasta que formalizaban el matrimonio en una ceremonia pública. Esto implicaba que no tenían relaciones sexuales aún, por tanto, María era virgen. Por ello la descripción que hace Mateo “se halló que había concebido del Espíritu Santo”. José, es descrito como justo, y sin deseo de infamar a María, por ello la quiere dejar secretamente, es decir, José prefiere que la gente piense que él la embarazó y después la dejó, a que piensen que ella cometió adulterio.
Es con este pensamiento en mente que un ángel se le aparece y le dice que no tema, puesto que “lo que en ella es engendrado, del Espíritu Santo es”. Estas palabras hacen que José comience a calmarse, después el ángel hace una descripción de quién este ser que ha sido engendrado. Le llama Jesús, y Emmanuel, ambos nombres con significados tan profundos que necesitaremos otro sermón para hablar sobre ellos.
La encarnación de nuestro Señor es descrita en Mateo de una forma muy sencilla. Se dice de María que se halló que concibió del Espíritu Santo. Todo parece indicar que la versión que se está contando es la de José, ya que María aparece como un personaje pasivo, a quien José está viendo y sobre quien está tomando decisiones. José no lo creía, por tanto tuvo que haber una revelación por parte de Dios para José. Esto es llamativo puesto que este misterio de la encarnación es una revelación, y debe ser recibida y creída por fe. Quien obra y actúa en María para producir vida es el Espíritu Santo. Por una obra milagrosa el óvulo es fecundado, y comienza la división celular, la vida del Dios-Hombre, justo y santo, quien no tiene nada que ver con el pecado y nuestra inclinación pecaminosa. Más bien se nos presenta puro, inmaculado, y santo, proveniente de un vientre santo y virginal. La santidad de Jesús, no le viene de María, sino del Espíritu Santo. Jesús, es el Hijo de Dios, y también el Hijo del Hombre.
LA ENCARNACIÓN EN NUESTRAS CONFESIONES
¿Cómo nos beneficiamos nosotros de esta revelación por parte de Dios acerca de su Hijo? ¿Qué provecho obtenemos al acercarnos y escuchar con atención y devoción estas maravillosas palabras? Según el Catecismo de Heidelberg:
36. Pregunta: ¿Qué fruto sacas de la santa concepción y nacimiento de Cristo?
Respuesta: Que es nuestro Mediador (a), y con su inocencia y perfecta santidad cubre mis pecados en los cuales he sido concebido y nacido, para que no aparezcan en la presencia de Dios (b). a. Hebr. 7:26, 27.- b.1 Pedro 1:18, 19; 1 Pedro 3:18; 1 Cor. 1:30, 31; Rom. 8:3, 4;Isaías 53:11; Salmo 32:1.
Es decir, la inocencia con la que nació, fue la misma que conservó y perfeccionó en santidad para que tú y yo, pudiésemos ser perdonados y limpiados de nuestra maldad. Es su inocencia la que nos hace a nosotros inocentes delante de Dios. Al estar unido a Él, es como si no existiera el pecado original, y nos comparte, nos otorga, su santidad e inocencia original. Él es el nuevo hombre que se pone de pie cuando nosotros hemos caído.
Según la Confesión de Fe de Westminster:
II. El Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad, siendo verdadero y eterno Dios, igual y de una sustancia con el Padre, habiendo llegado la plenitud del tiempo, tomo sobre si la naturaleza humana (1) con todas sus propiedades esenciales y con sus debilidades comunes, mas sin pecado. (2) Fue concebido por el poder del Espíritu Santo en el vientre de la virgen María, de la sustancia de ella. (3) Así que, dos naturalezas completas, perfectas y distintas, la divina y humana, se unieron inseparablemente en una persona, pero sin conversión composición o confusión alguna. (4) Esta persona es verdadero Dios y verdadero hombre, un solo Cristo, el único mediador entre Dios y el hombre (5). 1. Juan 1:1,14; 1 Juan 5:20; Filipenses 2:6; Gálatas 4:4. 2. Hebreos 2:14,16,17 y 4:15. 3. Lucas 1:27,31,35; Gálatas 4:4. 4. Lucas 1:35; Colosenses 2:9; Romanos 9:5; 1 Timoteo 3:16; 1 Pedro 3:18. 5. Romanos 1:3,4; 1 Timoteo 2:5.
Esto quiere decir que Cristo se convierte para nosotros en Aquél que hace puente entre Dios y el ser humano. Es el mediador, el que se pone en medio, con sus dos naturalezas para unir a la humanidad con la divinidad. Así, a través de Él podemos estar unido nuevamente con Dios, habiendo sido separados y alejados de Él por nuestro Pecado y maldad. Jesús es Dios tomando la desgracia humana en sí mismo y dándole una nueva vida a través del Espíritu.
Según el Credo Niceno-Constantinopolitano:
Creemos en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho. Que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo: por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen y se hizo hombre.
En esta sección hermosamente elaborada allá en 325 A. D., sobresale una de tantas frases: “por nosotros y por nuestra salvación”. Él, el Hijo de Dios, Dios mismo, se nos amó tanto que se por nuestra causa y para salvarnos se hizo hombre, se hizo como uno de nosotros. El eterno, se hizo temporal. El Omnipotente, se hizo débil. El omnisciente tuvo que aprender a gatear. El Omnipresente se limitó a un espacio y un tiempo particular. El que está rodeado de luz, bajó a las tinieblas. Por ti y por mi, por nosotros, y por nuestra salvación.
CONCLUSIÓN
¿Saben algo? Lo que más me llama la atención de este gran misterio es que en todas partes se nos menciona que “sustancialmente es igual a nosotros y en todo semejante a nosotros, excepto en lo concerniente al pecado (Hbr. 4:15).” (Segunda Confesión Helvética). Él conoce las debilidades propias de ser humano. Conoce, el hambre, el dolor, la angustia, y la perdida. Él sabe y entiende perfectamente el cansancio, y las enfermedades. Vivió tristezas y alegrías, experimentó la escasez y la abundancia. Fue tentado en todo, en lo sexual, en lo económico, y en el deseo de poder por el poder mismo. Pero nunca pecó, es decir nunca fue infiel a Dios y su Ley, siempre lo amó desde el día de su nacimiento hasta su muerte en la cruz (y aún más en su resurrección).
Medita y consuélate, alégrate por el gran salvador que tenemos, uno que dejó su trono lleno de gloria y honor, y nació en humilde pesebre para hacer de nosotros uno con el Padre. Alégrate del nacimiento del Hijo de Dios, quien se ha identificado con nosotros, quien ya no es “ese desconocido allá arriba”, sino “aquél a quien conocemos y que nos conoce mejor que nadie”. Celebra y alégrate por la gran y gloriosa acción de Dios a favor de su Pueblo. Celebra que “por nosotros y por nuestra salvación se hizo hombre”
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